Un beso en Madrid
La conocí a
Fernanda en un evento laboral. Yo estaba casado. Me pareció muy bella y de carácter
agradable. Relajada pero decidida a lo que quería. No tuvimos una conversación
muy profunda sobre nada en particular.
La vi un
par de veces más ese año. Siempre la misma dinámica y en mi cabeza siempre la
misma conclusión (“si estuviera soltero me gustaría salir con ella”).
Tras la
pesadilla que viví con mi ex esposa volví a mi ciudad. Primer evento laboral: ahí
estaba Fernanda. Ella vive en otra ciudad, pero eventualmente debe viajar a la
mía para estos eventos. Salgo a fumar un cigarrillo a la calle y ella detrás de
mí, con el mismo fin. Breve conversación del denominado “small talk” por los
angloparlantes (me encanta esa expresión, indica muy claramente que la charla
es sobre trivialidades, cosas pequeñas), en un momento al pasar le digo que me
separé.
Ella abrió
grande sus expresivos ojos marrones: “yo también”. No recuerdo mucho qué mas
dijimos, pero sí que ella propuso: “salgamos a tomar una cerveza esta noche”.
La cerveza
fue un café. Al aire libre. Media tarde. Creo que fumamos 10 cigarrillos cada
uno. No tuvimos mucha intimidad porque al rato que nos habíamos sentado, pasó
caminando una amiga en común y se sumó al convite.
El mes
posterior a eso hablamos muchísimo con Fernanda. Por whatsapp, claro, estábamos
a 700 km. Pero la conversación era muy fluida: nos dábamos los buenos días y
las buenas noches, reíamos, realizábamos llamadas medio improvisadas, nos
enviábamos fotos. Cuando sentía que era oportuno, le decía lo bella que estaba,
cómo me divertía con ella, el deseo de verla. Su respuesta era siempre
positiva.
Finalmente,
le digo que tengo la oportunidad de viajar varios días a su ciudad. Recuerdo su
mensaje: “Vente. La vamos a pasar súper bien”. En charlas los días previos al
viaje, le dejé en claro que “viajaba a verla a ella”. Que entendiese que la
excusa laboral por la que viajaba o los posibles planes alternativos eran
secundarios. Ese fin de semana era su cumpleaños, por lo que me dijo que estaba
invitado, que me iba a presentar a sus amigos.
La tarde
anterior a viajar volvía del trabajo en mi auto, escuchando la radio. Comenzó a
sonar “un beso en Madrid” de Tini y Alejandro Sanz. No era una canción que
estuviera siquiera en los miles de “Me gusta” de mi Spotify. Pero quedó
resonando en mi cabeza.
El primer
día que estaba en su ciudad almorzamos juntos. Fue ameno, pero como lo harían
dos amigos. Luego del almuerzo propuso ir a buscar a su primo que había llegado
a la ciudad e ir a la piscina del hotel que regentea su otra prima. Me pareció
extraño, un poco shockeante, pero acepté con total caballerosidad. Este
servidor sabe adaptarse a las circunstancias inesperadas.
La tarde
fue divertida con los primos. Piscina, algún que otro trago, cigarros. A la
noche fuimos a la casa de Fernanda: pizzas, mucha bebida, música, conversación.
A la mañana
siguiente comenzaba el evento laboral que era la excusa de mi viaje. Le dije
que a la tarde quería verla. Pasar tiempo con ella a solas. Esa tarde vino a mi
hotel. Recuerdo la escena muy vívidamente: se sentó en una silla, encendió un
cigarrillo, me miró con sus hermosos ojos marrones y me dijo: “¿Me puedes
explicar tu mensaje?”.
Le dije que
quería conocerla mejor. Que mis intenciones fueron claras en un principio. Que
me gustaba mucho. Que estaba ahí para pasarla bien con ella. Ella, con
expresión sorprendida, me dijo que también quería conocerme mejor y que eso
estábamos haciendo, pero que no quería apresurarse. Que recién salía de su
relación y estaba dolida. Que no quería saber nada con hombres.
Fue como un
puñal. Yo pensé que no conversas hasta las 2am con una persona por teléfono si “no
querías saber nada”. Que no le dices “la vamos a pasar súper bien” cuando en
reiteradas ocasiones te expresa, esa otra persona, que sos el único motivo de
su viaje. Me sentí engañado.
Pero como
dije, me adapto a las situaciones. Esa noche fui a su cumpleaños. Me presentó a
sus amigos. Y había invitado a un tipo que conocimos esa jornada en el evento
laboral.
En
resumidas cuentas: ella terminó a los besos con este tipo en la disco a la que
salimos, frente a mí.
Al día
siguiente me llamó al mediodía con su habitual buen ánimo: “¿Oye, qué hacemos
hoy?”. No recuerdo la respuesta exacta de mi parte, pero le di a entender que
no quería hacer nada. Me quedé en mi hotel leyendo y caminé un poco.
Al día
siguiente era mi retorno. Le dije que podíamos almorzar. Fingí demencia un rato
largo hasta que saqué el tema de los besos con el tipo. Negó haber hecho eso,
pero lo vi a las claras. No le dije que estaba lastimado y que me pareció una
mala actitud de su parte. Creí que era egoísta. Al fin y al cabo, quién era yo
para expresar ese reclamo.
Tras mi vuelta
a la vida cotidiana, dejé de escribirle esos “buenos días” y “buenas noches”.
Me llamó un par de veces. Fui relativamente cortante en el diálogo, no
irrespetuoso, pero sí distante. Eventualmente nos alejamos. Hoy hablamos cada
muerte de obispo y cosas muy superficiales.
El próximo
fin de semana viajo a su ciudad, por primera vez desde ese episodio. No le he
dicho.
Hoy, a la
distancia, veo con claridad varias cosas: ambos estábamos rotos, yo necesitaba
amor y ella coqueteo y adulación. No la juzgo. Yo fui a buscar amor, ella
buscaba subir su autoestima. Creo que lo logró y yo claramente no.
También
tengo en claro que le gustaba. Quizás de una manera retorcida.
¿Qué puedo
hacer el próximo fin de semana? Mi parte dependiente emocional y masoquista me
demanda que le escriba. Mi parte orgullosa y adulta busca protegerme, me dice
que eso sería un error.
Me debato
esto a la medianoche de un sábado muy calmo en la ciudad. Escucho “un beso en
Madrid”.
“Una noche rota
Fue la última vez que te perdí
Una vida loca
Cuando sin querеr me despedí
Y hoy quе tú ya no estás, tú ya no estás
Tú ya no estás aquí
Sé quedó en mi boca
Una historia, una canción y un beso en Madrid”

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