Choco
Hace un par de meses compré un libro en una librería del
centro de La Paz. No me salió muy caro. Creo que 70 bolivianos. Lo que más me
llamó la atención fue la tapa: de color celeste, muestra el sol de mayo tan
característico de la bandera argentina en la esquina superior izquierda, y delante
de él, en el centro de la plana, a la silueta de una llama de color blanco.
Debajo el título: “acá la gente me llama choco”, siendo su autor un tal Damián
Andrada.
A mi también la gente me dice Choco. Choquito. Gaucho.
“Choco” es la forma en que la gente en Bolivia, pero
especialmente en el Altiplano, se refiere a la piel blanca. “K’ara” es otra
opción, pero un poco más despectiva.
En muy resumidas cuentas, el libro cuenta las crónicas de la
estadía de Damián en Bolivia (residiendo en El Alto) durante casi 3 meses en el
2012. Período en el que viajó desde Argentina para hacer investigaciones de su
tesis.
Mis condiciones son distintas a las de Damián, en algunos
aspectos diametralmente opuestas: vivo en Bolivia ya hace 2 años, me quedaré
por 3 más, vine con trabajo, gano muy buen dinero y no vivo en El Alto, sino en
la Zona Sur de La Paz, la parte más jailona (jailón = cheto).
No obstante, no pude dejar de sentirme identificado con
muchas descripciones que realiza: la sensación de soledad que trae consigo el
desarraigo, la dicotómica relación del aymara con el de al lado (que fluctúa,
para nuestros ojos urbanitas argentos, de las redes de solidaridad hasta una
total indeferencia), la alegría de ir generando vínculos y, principalmente, la (auto)narrativa
de lidiar con un corazón lastimado.
Dice Damián algo así como “en el fondo soy un conservador y
quiero una familia” (la cita no es textual). Él no revela hasta la mitad del
libro que Anabella, su pareja, iba a ir a visitarlo luego de unas cuantas
semanas de su estadía y que ese era un incentivo muy fuerte para el día a día. Y
esa ruptura motivó la reflexión recién citada.
Hasta en eso mis condiciones son diferentes a las de Damián
(yo llegué hace 2 años a Bolivia con mi pareja de varios años y tras unos meses
esa relación finalizó abruptamente), pero no puedo evitar sentir una conexión.
Mi último año en este complejo país transcurrió entre el stress postraumático
por esa ruptura, el sexo casual como nunca lo había tenido, el volver a
intentarlo (y fracasar) con otra relación y la sensación contradictoria entre
la soledad y el cobijo, el desarraigo y el sentirse en casa, la admiración y el
rechazo por prácticas del lugar donde se vive.
Finalmente, la de Damián es una historia esperanzadora:
terminó su tesis, consiguió el amor y una hija (bolivianas).
Quien sabe. Quizás la mía también.
Mientras tanto, me seguirán llamando “choco”.

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